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Ya hace más de una semana que has muerto, Wanax, y he tenido tiempo de acostumbrarme al hecho de la muerte en sí. Pero, aunque parezca obvio, hay otras cosas que son más difíciles de asumir y que, íntimamente relacionadas con el fallecer, no están prendidas en la misma lógica. Sobre todo, por ser la parte más dura de una despedida de este tipo, el saber a ciencia cierta que ya no volveré a verte aparecer, presentarte, aunque sea horas más tarde de lo acordado, allí donde hicieras falta o se te esperara. No es el tono de una necrológica, la palabra misma asusta, pero es lo que hay. Toca decir adiós y explicar a quienes no te conocían y, también, a los que te conocían mal, quien has sido.
Fuiste anarquista hasta el final y casi desde el principio. No admitías que hay un anarquismo para cada uno pero tú tenías, vehementemente, el tuyo propio. Pero estos ya son recuerdos de la primera etapa que pasamos en Madrid, yo como inmigrante con papeles, tú harto de ver cómo nadie envejece en Salamanca excepto uno mismo, algo que pasa indefectiblemente si se pasan más de diez años en esa ciudad. También llegaste necesitando ser cuidado y era aquí donde estaba Belén al pié del cañón; fuiste apaleado, en Burgos, al alimón por un fascista y un madero, contribuyendo a la masacre un banco de piedra que se cruzó en el camino. Por suerte contigo estaba Ana, siempre Ana contigo. Me impresionó tu cuerpo enorme amoratado de arriba a abajo. Tu brazo izquierdo (¿o era el derecho?) no podría, a partir de entonces, rebasar la altura del hombro sin hacer un esfuerzo extra. Incluso entonces fuiste coherente aunque imprudentemente auto dañino al negarte a recibir una mini pensión por ser inválido. Nunca, o casi nunca, diste un duro al estado y tampoco lo quisiste recibir. No hiciste tampoco demasiado esfuerzo por defenderte de quienes te acusaban de indolencia así que tampoco voy a hacerlo yo ahora. Lograste reponerte, físicamente al menos, de la paliza y empezamos a militar, al mismo tiempo y yo de tu mano, en el sindicato de Artes Gráficas de la CNT de Madrid. Seguro que llegamos tarde a la primera asamblea, que ya he olvidado, pero no dejaré de recordar ese tono didáctico y pasado de decibelios con el que siempre defendiste tus posturas. A grito pelado intentaste convencer, un 24 de junio de 2002, huelga general, a un grupo de turistas japoneses sentados en la terraza del Apolo de que depusieran su actitud y abandonaran sus poltronas para unirse a los piquetes revolucionarios. Sin éxito aparente. Los últimos años fueron los del miedo y la previsión de este u otro final parecido. Tuvimos la suerte de viajar juntos a Soria el pasado mes, y dos veces. Allí nos juntamos viejos amigos y amigas, con tiempo para redimir faltas y remendar recuerdos como cadáveres exquisitos. Pudimos despedirnos a ciegas, sin esperar que todo pasara tan deprisa pero sospechando que no sería mucho más tarde. Tiempo tuvimos, también, para hablar de este desenlace y de cómo habría que hacer las cosas. Y te fallamos al final, por culpa de ese buitre que en nombre del señor obvió tu voluntad y te faltó, nos faltó, al respeto. Pero aun así se llevó una lección que no sabrá aprender ni encajar, gracias a su pecho cruzado y su cabeza repleta de normas. En su capilla se oyó “A las barricadas” y se advirtió de que no habría novenitas por tu memoria, pero sí una profunda impronta en los y las que allí estábamos. Gracias a Eloy no quedaron silencio y palabras vacías tras tu cuerpo inerte. Acabo diciéndote que me quedo corto, no podía ser diferente hablando de tí, habría demasiados momentos que señalar pero esto no es un libro. Es una necrológica, que habla de muerte y de vida, de odio y de amor. Y de lucha. Pero, para huir de lo habitual, en parte como homenaje, no faltarán los reproches; nos has dejado, cabrón, además de ausencia y dolor, sin el mundo nuevo que llevabas en el corazón. Y a mi, particularmente, me has dejado sin necrólogo. La tierra te será leve, compañero. Te quiero, amigo. Rodri
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